Aquellos guateques de antes, fiestas en casa de Pablo, Juan o Marta. Todos entorno al tocadiscos portátil con sonido de lata del Cola-Cao, para escuchar lo que en los años 60 eran los últimos gritos. Eran fiestas alegres y divertidas en una época en la que casi todo estaba prohibido , mientras nuestra juventud transcurría con optimismo por alcanzar tiempos mejores.
Teníamos una mini-agenda con los números de teléfono, eran las páginas amarillas de la amistad. Todos nuestros amigos y amigas aparecían en este bloc, muy útil para convocatorias marchosas. Otros se encargaban de la bebida: Coca-Cola, Pepsi, Fanta, Mirinda, Ginebra Larios, Martini etc. (nunca llevabamos Aspirinas para echarlas en las Coca-Colas). La música, la que sonaba por aquellos años: Los Brincos, Los Pekenikes, Los Sirex, Los Ángeles, Los Buenos, algo de The Beatles y Sandy Shaw, lo más «in» del momento. Éramos lo que se dice unos modernos, el resto unos carcamales.
Siempre estaba el amigo o amiga que tenía la mejor colección de discos de 45 revoluciones por minuto (todos metidos en un álbum de plástico con hojas trasparentes) éste siempre era el pincha discos en los guateques ( a veces corríamos el peligro de escuchar un mismo tema varias veces). Empezaba con canciones moviditas Luis Aguilé o Los Brincos. Cada uno y cada una, tenía su amor platónico Luisa, Mari, Tere, José o Carlos y nos apresurábamos para que no nos tocara la carabina de turno y poder estar más tiempo con la persona que amábamos. Pero el gran momento estaba por llegar: ¡La música lenta!.
En realidad no pasaba nada, porque ni nos atrevíamos ni nos dejaban, pero ese baile agarrado a la chica de nuestros sueños nos hacía sentir como si estuviéramos tocando el cielo. Eran momentos breves, apenas tres o cuatro minutos, lo que duraba cada canción. De vez en cuando había que cambiar de disco, pero con rapidez vertiginosa, para que ninguna tuviera tiempo de reaccionar y sentarse. En el baile lento no se hacían alardes, sólo se giraba un poquito, de vez en cuando, para que no dijeran que estabamos parados, aunque esto no hubiera importado, porque lo verdaderamente importante era estar abrazados. Más tarde y para rabía del personal y cuando la cosa empezaba a ponerse emocionante de verdad, la música lenta daba paso a un odioso Palito Ortega o un un «twist» o un «rock and roll». que hacía que la pareja se despegara.
No quedaba más remedio que lucirse, ¡hala!, todos a mover los huesos, que para algo habíamos ensayado; había que deslumbrar. Y todo así, entre lo lento y lo rápido, con las hormonas controladas por la buena educación recibida. Y a eso de las nueve, cuando ya teníamos los dientes largos, había que recoger, para que las chicas no llegaran tarde a casa.
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14-08-2006
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